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El rol de la sonrisa docente

El estado de ánimo cumple un papel fundamental en la vida del ser humano, pues una sonrisa puede transformar incluso las situaciones más difíciles. Pero ¿qué sucede cuando esa sonrisa aparece dentro del aula? Cada vez que entro al salón de clases y saludo a mis alumnos con una sonrisa, percibo cómo su estado de ánimo se modifica de manera inmediata, en contraste con aquellos momentos en los que me dirijo a ellos sin una expresión afectiva. Esta experiencia cotidiana invita a reflexionar sobre el impacto que tiene la sonrisa del docente en los estudiantes y en el ambiente de aprendizaje.

Desde un enfoque teórico, la sonrisa desempeña una función clave en la comunicación y en la construcción del clima emocional del aula. Diversos estudios en psicología y neuroeducación coinciden en que la sonrisa transmite cercanía, confianza y aceptación, elementos esenciales para fortalecer el vínculo pedagógico. La teoría de las neuronas espejo, propuesta por Rizzolatti y Craighero, sostiene que las emociones se contagian; por ello, cuando el docente sonríe, los alumnos tienden a reproducir inconscientemente esa expresión, generando emociones positivas que favorecen la atención, la motivación y la participación activa.

Asimismo, David Ausubel (1968) señaló que el componente emocional influye de manera determinante en el aprendizaje. Cuando los estudiantes perciben un ambiente en el que se sienten respetados y escuchados, su disposición emocional mejora, lo cual impacta directamente en su capacidad para aprender de forma significativa. Sentirse cómodos, seguros y con un estado de ánimo favorable facilita la construcción de nuevos conocimientos y el interés por el aprendizaje.

Desde la neurociencia, sonreír también activa procesos biológicos relacionados con el bienestar emocional. El cerebro interpreta la activación de los músculos faciales asociados a la sonrisa como una señal positiva. La teoría de la retroalimentación facial, desarrollada por Strack, Martin y Stepper (1988), plantea que la activación de estos músculos puede inducir emociones positivas, incluso cuando la sonrisa no surge de manera espontánea. Esta activación favorece la liberación de neurotransmisores como la dopamina, relacionada con el placer, la motivación y el aprendizaje (Schultz, 2015). En el contexto educativo, este aumento de dopamina predispone al cerebro a asociar el aula con una experiencia emocionalmente positiva, lo que fortalece los procesos de aprendizaje.

En consecuencia, si como docentes tenemos la posibilidad de elegir la actitud con la que ingresamos al aula, optar por una sonrisa no solo humaniza la práctica educativa, sino que también contribuye al bienestar emocional de los alumnos y a la creación de condiciones óptimas para el aprendizaje. La sonrisa docente, aunque sencilla, se convierte así en una poderosa herramienta pedagógica capaz de transformar el clima del aula y la experiencia educativa.

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