Diciembre en el aula: cuando el cansancio también enseña
Pensaba en esto hace unos días: cuantas veces atravesamos diciembre sin detenernos a mirar todo lo que realmente cargamos. No solo tareas, evaluaciones o planeaciones, sino preocupaciones, cansancio, dudas, pequeñas frustraciones y también logros que casi nunca nombramos. Y, aun así, seguimos adelante, como si fuera normal llegar al final del año con más peso del que estamos dispuestos a admitir.
Diciembre se termina y ahora puedo encontrar las palabras de cómo me siento, lo que siento es simple: estoy cansada. No un agotamiento dramático, sino ese cansancio que se acumula con los meses, con los días que pasan mientras seguimos sosteniendo todo lo que la vida y el trabajo nos piden. Me pregunto si otros docentes también se sienten así, con esa necesidad silenciosa de que el año termine sin tener que explicarlo demasiado. Creo que sí.
Para muchos, diciembre representa un cierre. Para los maestros, no siempre. A veces es apenas una pausa breve, un respiro que no alcanza, un alto que no termina de sentirse como descanso. Llegamos a estas fechas con pendientes, con emociones que no tuvimos tiempo de procesar, con expectativas propias y ajenas que siguen presentes incluso cuando intentamos detenernos. Y, en medio de todo, tratamos de ordenar lo que podemos, sabiendo que no todo se cerrará antes de que el calendario cambie.
Tal vez por eso este final de año se siente distinto. No por lo que falta, sino por lo que empezamos a reconocer: que no siempre vamos a terminar todo, que no siempre tendremos energía para más, que a veces lo único posible es darnos permiso de tomar un respiro real, sin culpa y sin la sensación de que deberíamos estar haciendo algo “más productivo”. A veces, descansar también es parte del trabajo.
En este fin de año o en el fin de algún ciclo propio, puede ser, una invitación suave: a bajar la exigencia, a reconocer lo que hicimos —aunque no haya sido perfecto— y a mirar con un poco más de compasión la manera en que llegamos hasta aquí. No para justificarnos, sino para entendernos, para darnos un lugar, un espacio.
Quizá el cierre de año no necesita ser impecable. Quizá solo necesita ser honesto. Reconocer que dimos lo que pudimos con lo que teníamos. Permiternos llegar, aunque no lleguemos como hubiéramos querido. Tal vez eso también sea parte de aprender a cuidarnos.
Ojalá el término de este ciclo nos deje la posibilidad de aflojar un poco, de no cerrarnos por dentro, de soltar la idea de que el año debe terminar de cierta manera. Que podamos encontrar, aunque sea por momentos, algo de calma que nos devuelva a nosotros mismos. Y que, desde ese lugar —no desde el agotamiento—, podamos comenzar lo que viene.