Cuidar al que enseña: cuando el cuerpo también pide una pausa
Llevo más de una década como maestra. Empecé muy joven, casi por casualidad, sin imaginar que la docencia sería algo mas que un trabajo. Con el tiempo descubrí que enseñar era también aprender a acompañar y de alguna forma, sostener a otros mientras intentaba sostenerme a mí misma.
Hace unos meses me enfermé. No era solo eso: había cansancio acumulado, emociones no atendidas, desvelos, ansiedad. Durante mucho tiempo creí que podía seguir, como muchos docentes hacemos: “en medio de todo, me siento bien, así que continúo”. Pero el cuerpo no siempre puede con lo que la mente insiste en callar. Si no aprendemos a cuidarnos, el cuerpo termina haciéndolo por nosotros.
Si no aprendemos a cuidarnos, el cuerpo termina haciéndolo por nosotros.
La docencia en México nos exige mucho: tiempo, energía, paciencia y compromiso. Pero pocas veces devuelve, en proporción, lo que entregamos. Muchas veces trabajamos más de lo que se reconoce, con sueldos que no corresponden al esfuerzo o reglas que no miden la entrega humana, sino los minutos del reloj. Y, aun así, seguimos, porque amamos lo que hacemos.
Sin embargo, es momento de cuestionar la idea de que siempre debemos darlo todo. Porque, sin darnos cuenta, a veces en el intento de sostenerlo todo, nos perdemos a nosotros mismos. Como docentes también podemos aprender —y enseñarnos— a cuidarnos.