Volver también es volver a la vida cotidiana
El regreso no ocurre solo en el aula.
Ocurre antes, en los horarios que vuelven a ordenarse, en los días que se llenan otra vez de responsabilidades, en el cuerpo que se adapta de nuevo al ritmo cotidiano. Enero no marca únicamente el inicio de clases; marca también el retorno a una forma de vivir más intensa y demandante, después de una pausa.
El regreso a clases y la vida cotidiana llegan al mismo tiempo. Volver implica reacomodarnos como personas antes que como docentes. Significa reorganizar los días, volver a estar disponibles para otros y sostener múltiples tareas de manera simultánea. Y aunque muchas veces este proceso sucede casi en automático, hay un movimiento interno que acompaña el regreso y que no siempre nombramos.
La vida cotidiana como parte del regreso docente
La vida cotidiana también vuelve con nosotros: los tiempos ajustados, los pendientes acumulados, las exigencias que reaparecen poco a poco. Todo ello forma parte del contexto desde el que enseñamos. No llegamos al aula desde un lugar neutro; llegamos desde cómo estamos viviendo este regreso, desde cómo se reordena nuestra vida después del descanso.
Quizá por eso enero se siente distinto. No por falta de compromiso, sino porque el cuerpo y la mente están retomando su lugar. Estamos ajustando ritmos, reconociendo límites, volviendo a habitar responsabilidades que habíamos soltado por unas semanas. Ese proceso, aunque silencioso, tiene un peso real en la experiencia docente.
Más allá del inicio académico
Con frecuencia pensamos el inicio de clases solo en términos académicos, pero hay una dimensión personal que atraviesa todo el mes: cómo llegamos, cómo nos sentimos en el día a día, cómo vamos encontrando equilibrio entre lo que se espera de nosotros y lo que necesitamos para estar bien.
El bienestar docente no se construye solo en la planeación o en el aula, sino también en la manera en que habitamos nuestra vida cotidiana durante el regreso.
Enero como tiempo de ajuste
Volver también es volver a nosotros mismos en un contexto que exige presencia, atención y constancia. Hacerlo con conciencia puede marcar una diferencia. No para cambiarlo todo, sino para comprender desde dónde estamos enseñando.
Tal vez enero no necesita ser un mes de grandes definiciones, sino de ajuste. Un tiempo para observar cómo nos sentimos en este regreso, cómo se reacomoda nuestra vida cotidiana y qué necesitamos para sostener el ritmo que viene.
Porque antes de ser docentes en el aula, somos personas habitando un país, un tiempo y una realidad compartida. Reconocerlo también forma parte del trabajo que hacemos, aunque no siempre aparezca en la planeación.
En LiLDAR, creemos que acompañar al docente también implica dar espacio a estas transiciones silenciosas.