Construir la escuela que no existe para el alumno que no llega
Construir la escuela que no existe para el alumno que no llega es un acto de fe, pero también de resistencia. Es creer que el sentido de la educación permanece incluso cuando quienes deberían habitarla parecen ausentes; cuando las aulas se llenan de silencios y de nombres que no aparecen en la lista.
Esa escuela que todavía no existe se construye cada día en los gestos de quienes continúan enseñando, aun cuando el sistema cansa, la burocracia agota y las condiciones no siempre acompañan. Se construye cuando decides no rendirte, cuando sigues pensando cómo llegar a quien no llegó, cuando te preguntas qué más puedes hacer desde tu pequeño espacio para que alguien tenga una oportunidad distinta.
El alumno que no llega y lo que representa
El alumno que no llega representa a todos aquellos que el sistema deja fuera: quienes desertan, quienes no pueden, quienes la vida empuja por otros caminos. Pero también simboliza la esperanza de que, algún día, la escuela logre ser un lugar verdaderamente abierto, una educación inclusiva donde nadie quede excluido por su historia, su contexto o su silencio.
Pensar en esos alumnos ausentes es una forma de resistencia ética. Es negarse a aceptar la exclusión como algo normal y sostener la pregunta por quienes no están.
La vocación docente frente a la ausencia
Construir escuela para quien no llega es sostener un sueño colectivo: el de una educación que no abandona, que no se conforma, que se pregunta por los ausentes y les da un lugar simbólico en cada decisión pedagógica, en cada palabra que se siembra, en cada mirada que contiene.
En esa tarea silenciosa, la vocación docente se pone a prueba una y otra vez. No desde el reconocimiento externo, sino desde la convicción interna de que enseñar sigue teniendo sentido, incluso cuando no siempre se ven los resultados.
Cuidarse para poder sostener
En medio de este compromiso profundo, también es necesario mirar hacia adentro. Detenerse un momento y cuidar de uno mismo. Porque creer en lo que no se ve, imaginar lo que aún no existe y resistir frente a la ausencia también cansa.
Encontrar espacios donde compartir la palabra, donde ser escuchado y comprendido, puede sostener la fuerza y renovar el sentido de lo que se hace cada día. Cuidar al docente también es una forma de cuidar la educación.
En LiLDAR creemos que acompañar al docente implica reconocer tanto su vocación como su desgaste, su esperanza y su cansancio.
Mientras alguien imagine esa escuela posible
Porque mientras exista un docente dispuesto a imaginar esa escuela posible, el alumno que no llega seguirá teniendo un lugar donde ser pensado, recordado y esperado. Y quizá ahí, en ese gesto invisible de creer y sostener, la educación recupere su sentido más humano.